Tomado de

Y es que en medio de la ciudad, donde no se puede trabajar la tierra, donde no se puede vivir de la manera acostumbrada, la mejor solución que han dado estos indígenas a los apremios del hambre se encuentra en la fabricación y venta de algunos elementos de sus vestimentas tradicionales, que a lo sumo son comprados por exóticos. Pero la cuestión va más allá. El hecho de que los Embera no hayan querido hablar más, ni proporcionar ningún tipo de información nos indica posibles fuentes del problema. ¿Será acaso el imprudente e impreciso interrogatorio del algún académico la causa de su silencio? ¿O podrá ser el acercamiento crudo de funcionarios públicos en busca de tablas y censos? De cualquier manera estos si son problemas reales – y estructurales -, que afectan la información que podamos obtener acerca de estas comunidades.

Lamentable es la primera palabra con la que se puede designar la condición a la que se ven reducidos los Embera en las indiferentes calles del centro histórico bogotano. En medio de suelos adoquinados, vías de transmilenio y transeúntes toda la cosmogonía de un pueblo, así como sus costumbres ancestrales, materializadas en vistosos collares son vendidas como un simple producto “artesanal”.
Y es que en medio de la ciudad, donde no se puede trabajar la tierra, donde no se puede vivir de la manera acostumbrada, la mejor solución que han dado estos indígenas a los apremios del hambre se encuentra en la fabricación y venta de algunos elementos de sus vestimentas tradicionales, que a lo sumo son comprados por exóticos. Pero la cuestión va más allá. El hecho de que los Embera no hayan querido hablar más, ni proporcionar ningún tipo de información nos indica posibles fuentes del problema. ¿Será acaso el imprudente e impreciso interrogatorio del algún académico la causa de su silencio? ¿O podrá ser el acercamiento crudo de funcionarios públicos en busca de tablas y censos? De cualquier manera estos si son problemas reales – y estructurales -, que afectan la información que podamos obtener acerca de estas comunidades.
La disciplinas sociales con su falta de compromiso político han merecido el rechazo de las poblaciones que estudian, así como el gobierno ha ganado su fama de inepto e inútil gracias a que los proyectos de integración para estos casos, parecen en muchas ocasiones no pasar de la mirada inicial del problema. Pero definitivamente esto es algo que no se ve, sino en la aproximación empírica a la realidad social. Los periódicos sin importar la orientación o lineamiento que sigan, pocas veces señalan las realidades, limitándose a contar acerca de lo que en las oficinas del gobierno se informa o bien maquillando la realidad.
Estos no son argumentos arbitrarios, semana a semana hemos comprobado que cada reporte acerca de las minorías en Bogotá, y aquí para el caso expreso de los Embera –uno de los más nombrados-, trata recurrentemente sobre los albergues a los que ellos son asignados, o los planes en “acción conjunta” con el estado. Tal parece que si esto sucede, no es con todos los miembros de las comunidades. El Problema de la migración masiva que recibe Bogotá a diario, es entonces mucho mayor de lo que en los medios aparece.
Esta observación realizada ha permitido determinar de forma general las condiciones en que se encuentran estas y otras comunidades que están en la ciudad de Bogotá. Sufren cambios a causa del conflicto y ausencia del Estado, lo que hace que migren a estos lugares, con el riesgo de perder lo propio, encontrándose en otros estilos de vida. Respecto a las líneas de consanguinidad se respeta, aunque surjan desplazamientos forzados a otros lugares ya que la movilidad se lleva a cabo por grupos familiares.
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